Divagaciones en espera del descanso nocturno

Viernes, 16 Octubre 2015 20:56

Era la vigilia del 8 de octubre, en espera que llegara “Morfeo”, tendido en la cama, mi mente corrió a tres candidatos a la canonización: el padre Vandor, el hermano Olallo y al padre Varela.

 

En Varela veía el filósofo, el maestro, el patriota, el exilado, el intelectual de vanguardia, el escritor, el vicario pastoral de New York. De Olallo, recordaba el atractivo de su alta robusta figura cubierta con la sotana de los Hermanos de San Juan de Dios, su incansable dedición a los enfermos, sus iniciativas para aliviar el sufrimiento humano,   su valentía al recoger el cuerpo de Agramonte. Más, la mente se entretuvo con el padre Vandor, y espontáneamente iba comparándolo con ellos.

 

Vandor, se me presentaba como el sacerdote sencillo, noble, sonriente, el cura-párroco del Carmen. También el intelectual, como lo fue Varela, este para defender un sistema filosófico o crear una conciencia política de independentista, el otro para enseñar con palabras sencillas la fe cristiana. Como educador, el maestro Varela educó a los jóvenes en la cubanía; Vandor, para atender los muchachos pobres de la ciudad y del campo villaclareño, hacer de ellos ciudadanos honrados y buenos cristianos, capaces de enfrentar la vida con sus propios recursos, al estilo de Don Bosco.

 

Veía a Vandor como el poeta que no se complace de sus versos, generalmente rimados, sino que se sirve de ellos para inculcar a sus muchachos fieles el amor a la Virgen, a Jesús Eucarístico, a la Cruz. Al Vandor que envió mensajes, no en los periódicos más importantes de la época, sino en sencillas hojitas dactilografiadas y mimeografiadas por él mismo.

 

De momento, vino la imagen de Varela siendo obligado al exilio por sus ideas independentistas, que supo defender con valor a las Cortes de Cádiz; la de Vandor abandonando su Hungría espontáneamente para anunciar el evangelio en Cuba. Al triunfar la Revolución que se declaró marxista-leninista-atea, Vandor no fue al exilio como muchos cubanos, sacerdotes, religiosos y religiosas ni fue obligado a salir como los 134 del navío Covadonga por sus actitudes o ideas no conformes al nuevo régimen. Se quedó en Santa Clara, como ángel protector, como mediador de paz, como pastor que guía y acompaña su grey, compartiendo esperanzas, alegrías, angustias, sufrimientos, éxitos…

 

Los restos de Varela, volvieron a su Patria, para ser custodiados en una urna del Aula Magna de la Universidad de la Habana, honrados como símbolo de cubanía y de cultura. Los restos del padre Vandor, se quedaron en Cuba, en una sencilla bóveda del cementerio de Santa Clara, juntos con los de su obispo, y de sus feligreses, en espera de encontrar una más digna en la Catedral de la ciudad.

 

Como el Beato Olallo, José Vandor se preocupó por los enfermos y ancianos. Pero no exclusivamente, aunque estos fueron los privilegiados de sus atenciones pastorales, de las visitas en familias, de sus ayudas materiales. Él mismo, atormentado por una artritis reumatoide deformante, fue para ellos un modelo de cómo enfrentar el dolor y transformarlo en instrumento de purificación para sí y los demás.

 

Así, poco a poco fui vencido por el sueño. Al despertarme el día 8, aunque mi pluma no es hábil como la de un escribano, me atreví a dejar constancia de estas divagaciones en mi computadora y lo comparto con todos.

 

Tres candidatos a la canonización con características diversas, pero los tres motivos de orgullo y esperanza para el pueblo cubano. Confiamos en ellos e invoquémoslos en nuestras necesidades.

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Por P. Bruno Roccaro, SDB

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