La alegría de la Pascua

Jueves, 30 Abril 2015 00:55

Toda prueba se transforma en gracia

P. Pablo Abreu, SDB

La alegría de la Pascua no tiene comparación. Los cristianos celebramos el triunfo absoluto de nuestro Señor Jesús sobre el mal, el pecado y la muerte. El mal en el mundo tiene ahora una alternativa, una solución: es el amor infinito de Dios que nos amó hasta entregarse por nosotros, triunfando definitivamente con su resurrección.

Cuando releemos los relatos del Nuevo Testamento sobre la primera Pascua, notamos un tema común: cada uno de los que entra en contacto con el Señor resucitado sale de ese encuentro con el deseo inminente de correr y decir a los demás lo que ha experimentado, ese gozo y esa alegría se vuelven fecundo al comunicarlo a los demás. Desde María Magdalena y las mujeres en la tumba vacía hasta cada uno de sus discípulos es una constante la transformación de la tristeza en alegría.

Al proclamar el Aleluya del tiempo pascual, los cristianos nos renovamos en nuestra vocación de alabar sin cesar al Señor con toda nuestra vida. El tiempo de Pascua, por tanto, es un buen momento para hacernos las preguntas: ¿Cristo resucitado llena de alegría mi vida?, ¿En qué medida soy un cristiano alegre?

La alegría es la expresión más noble de la felicidad y, junto con la fiesta y la esperanza, es característica de la espiritualidad salesiana. La fe cristiana es por vocación un anuncio cotidiano de felicidad radical, promesa y concesión de vida eterna, sin límites de espacio, de tiempo ni de aspiraciones. Sin embargo, más que conquista personal, estas realidades son un don. El Cristo resucitado es la verdadera fuente de la alegría y la esperanza.

Don Bosco quiso que sus jóvenes asimilaran la relación entre la alegría y el compromiso cristiano, que santidad y alegría constituyeran un binomio inseparable en el camino hacia el encuentro con Jesús. Por eso hoy le recodamos a él como el santo de la alegría de vivir, y nos invita a “hacer consistir la santidad en estar siempre alegres”, constituyendo así una propuesta de camino de santidad sencillo y alegre para los jóvenes.

Este es pues, tiempo de gozo profundo, de celebración espiritual por la victoria sin ocaso del Señor. Y por esa misma razón, es el tiempo propicio para dar testimonio con nuestra vida y con nuestro anuncio directo, de la salvación que el mundo anhela. Para ello, debemos creer firmemente en Cristo resucitado, y con él nuestro lado toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección.

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